Ulûhtamkär

“…salpicándome de toda la sangre de la que estaba cubierto.”

Quizás, de todo aquello, lo que más asustado me tenía era la sangre, y no lo podía comprender. Había visto a mi amigo partirse por la mitad delante de mis ojos, había podido observar como sus cuencas se vaciaban y su cráneo se retorcía entre insoportables alaridos de terror, salpicándome de toda la sangre de la que estaba cubierto. Seguía en una nube, asustado, sí, pero mi mente no podía procesar todo aquello. Había algo que me bloqueaba todo tipo de emoción que indujera al pánico, y aunque temblaba un poco, me mostraba bastante sereno para el grotesco espectáculo que acaba de presenciar.

Con un poco de frío entré en la ducha y abrí el grifo del agua caliente, deseando quitarme toda la sangre que me recubría el cuerpo, mientras me quitaba la ropa empapada y coagulada con aquel olor rancio a sangre seca. Mientras el agua corría por mi cuerpo y la hemoglobina se escapaba por el desagüe, pensaba en los rápidos acontecimientos que me habían llevado hasta ese momento. Pensé como Clark había pronunciado aquellas palabras de aquel libro tan extraño al que yo, por alguna extraña razón, había temido desde que entró en mi casa.

” Hüe’t Nxuéxtr e’nnowe, Hüe’t Syâlwe hánnoxwe, Hüe’t sdek eck Trwedenms’k”

Sus palabras oscurecieron toda la casa, me recorrió un escalofrío por la espalda y sentí entrar el mal desde el más profundo de los abismos del universo, lo sentí en mi alma, en cada rincón del ser mas oscuro que habita en mi, lo sentí en mi sangre, en mis venas. Y ahora lo volvía a sentir, estaba allí, surgido de entre la inmensidad más negra e infinita, antiguo y grande como el universo que Dios nuestro señor había creado. Aquel libro era su puerta a este mundo, y lo habíamos llamado ¡Pobres infelices! Cerré el agua, me sequé y salí. Sin prisas, sin agobios. Sin correr, sin salida, puesto que ya había presenciado mi destino mucho antes de ocurrir, así que bajé al salón, me senté e instantes después contemplé al diablo. No era material pero tampoco era incorpóreo, viscoso y tentacular con mil ojos que me observaban lentamente, con multitud de colmillos afilados y con tres lenguas que se relamían una inexistente boca, que más bien era un orificio en aquella masa resplandeciente.

-Sjéut ernû h’juetyw dut-opwedÿs- salió de su ardiente boca.

-No hablo la lengua del mal-dije-, así que termina cuanto antes.

El engendro se rió, o fue lo que yo creí  más parecido a una risa humana. Se acercó a mí y con una de sus lenguas empezó a rajarme la piel del pecho, yo cerré los ojos y esperé que en algún momento el sufrimiento cediera a la muerte el paso, y mi cuerpo dejara de sentir aquel dolor. Y cedió. Pero aún estaba consciente, abrí los ojos y seguía en mi salón, esta vez solo. Me miré el pecho ensangrentado, en el cual, escrito a fuego y dolor en mi piel había una inscripción:

“Ulûhtamkär”.

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