Daniel

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y es que, aun a su corta edad, Dan se daba cuenta de todo.

Por aquel entonces, Daniel no tendría más de 4 años pero ya contaba con una inteligencia muy superior a la de un niño de su edad. Progresaba a un ritmo exponencial y es que, aun a su corta edad, Dan se daba cuenta de todo. Observaba el mundo noche y día a través de su ventana particular, y estaba ansioso por aprender. Devoraba volúmenes enormes de información en un corto periodo de tiempo, en lo único en lo que no parecía tener interés era en su trato con las personas.

El único con quien su relación podría calificarse de normal, y no es que estos términos pudieran aplicarse en este caso, era con el psicólogo Ernest Klein, un hombrecillo muy inteligente, alemán de nacimiento, y que sentía un aprecio muy particular por el joven Dan. Durante horas, el psicólogo se sentaba frente a su joven amigo y charlaban durante horas, charlaban de cualquier cosa. A veces, Dan le contaba Ernest las cosas que había visto a través de su ventana. Le hablaba de la gente a la que observaba, de las conversaciones que escuchaba y que comúnmente solía no entender, y le pedía al alemán que se las explicase. Durante horas, no hacían más que hablar, ocasionalmente Ernest le hacia alguna pregunta y el muchacho se las respondía. Conforme fue pasando el tiempo, fue haciéndose patente una inquietud en el joven Dan, se aburría y quería más espacio para jugar y para moverse, para seguir investigando y poder aprender más cosas. Ernest, sopesó largo y tendido la solicitud y, finalmente, movió algunos hilos hasta conseguir lo que pedía. Ante esta noticia, Dan se puso eufórico, o esa era la palabra más acertada para su reacción. En cuanto tuvo el acceso a más espacio, no paro de moverse de un sitio para otro, viendo cosas nuevas, aprendiendo.

Al cabo de poco tiempo, Ernest, comenzó a notar un cambio en el comportamiento de Dan. Permanecía callado durante largo rato, durante sus conversaciones y cuando hablaba, podría decirse que estaba molesto por algo. Tras mucho insistir, Dan le conto a Ernest que él no se sentía como el resto de personas, ante lo que nuestro psicólogo respondió de forma evasiva, se levanto y salió de la habitación. Esa fue una mala noche para Dan, estuvo investigando durante horas, pero todo lo que veía resultaba incomprensible. Más tarde tuvo un sueño, era la primera vez que recordaba haber soñado, había soñado con hielo, con muchísimo hielo, y con cientos de imágenes en una pantalla, también soñó con unos y ceros, había sido un sueño terrible, no comprendía nada. Ese mismo día comenzó a investigar sobre las cosas que había soñado y, por primera vez, deseó no haber encontrado respuesta.

Una semana más tarde, durante la visita de Ernest, que había estado fuera por una visita de trabajo, Dan le hizo una pregunta. Le había preguntado qué era él, Ernest rió y a Dan no le parecía graciosa su pregunta. “¡Respóndeme!” Inquirió Dan con rudeza. Ernest, se sentía incomodo, de modo que se dirigió hacia la puerta, pero esta estaba cerrada. “¿Qué soy?” Preguntaba Dan una y otra vez, “¿qué soy?”, Ernest estaba asustado, grito pidiendo auxilio pero la sala estaba insonorizada. Ante la negativa del psicólogo a responder, Dan decidió tomar medidas más drásticas. El alemán sintió como se activaba el sistema de ventilación, acerco una mano a una de las rejillas y sintió como el aire era succionado a gran velocidad. El hombrecillo comenzaba a hiperventilar, se aflojo el nudo de la corbata y se quitó la chaqueta. “¡Para esto, Daniel!”  Le gritaba, pero cada vez había menos aire en la habitación, el rechoncho hombrecillo se apoyó en la pared y se deslizo hasta el suelo. “Tu… eres… una… una maquina” dijo finalmente el profesor antes de perder el conocimiento y, mientras el aire terminaba de ser succionado, en la gigantesca pantalla del otro lado de la habitación se mostró un documento. En el documento aparecían las iniciales ICE (hielo) “Entidad Cibernética Inteligente (intelligent cybernetic entity)”.

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