El Barquero

Aún no eran ni las diez de la mañana y el sol ya brillaba en lo alto, calentando la arena hasta que el calor resultaba insoportable. La tribu recogía sus pertenencias y, una a una, las personas se unían a la caravana, dispuestas a seguir camino. Los nómadas solían llamar a este desierto, situado en el sector de “Cefeo”, por el nombre de  “Inferos”. En esta vasta extensión de polvo y arena solo había tres ciudades, las llamadas, puertas de Inferos que se encontraban en los extremos norte, este y oeste. Los nombres de las puertas eran “Errai”, “Alkurhah” y “Alfirk” respectivamente. La vida en el desierto era dura, pero para los nómadas resultaba sencilla. Y es que en el desierto, nunca ocurre nada. Esto habría sido cierto de no ser por el mito del barquero. Entre las doce tribus nómadas que recorrían y comerciaban en Inferos, circulaba un rumor, un espeluznante rumor que hablaba sobre terribles ataques a distintas caravanas de nómadas. Al parecer, un superviviente había hablado sobre un ataque al asentamiento con el que estaba viajando, cuando una expedición fue a reconocer el lugar solo encontraron cadáveres, sangre y manchas de quemaduras en la superficie cristalizada de la arena. Según dijo el superviviente, justo antes del ataque algunas personas vieron una figura inmóvil sobre la arena que las observaba. El visitante iba ataviado con una túnica negra y una capucha que ocultaba su rostro, justo después apareció algo sobre sus cabezas, una especie de navío negro como el carbón. En ese instante el visitante señalo el asentamiento con su huesuda mano, y entonces comenzó el ataque. Lo llamaron “El Barquero”.

Un joven muchacho, de no más de 15 años de edad, ayudaba a su familia a cargar sus pertenencias. Pronto anochecería y necesitarían refugio para entonces, de modo que era el momento de acampar. Una vez montadas las tiendas, todos retomaron sus vidas, llevaban varios días de viaje y se merecían un descanso. El muchacho se llamaba Ba’al, Ba’al Kal’c. Su padre murió al servicio del emperador, muchos años antes, durante el gran alzamiento. Salió de la tienda a pocos minutos del anochecer, quería pasear y hablar con algunos amigos. En un momento dado miro al horizonte, hacia el oeste, y lo vio. El Barquero estaba observando con sus ojos ocultos en la sombra proyectada por la capucha, como el rostro de la mismísima muerte. Ba’al estaba paralizado de terror, para cuando recuperó el uso de sus propios músculos ya era demasiado tarde, el Barquero señalaba el asentamiento y, como aparecido del mismo infierno, un navío negro como el carbón se acercaba hacia ellos. El ataque duró muy poco, el fuego sobrevolaba sus cabezas y unos extraños objetos que se separaban del navío estaban atrapando a los más jóvenes, esto no lo esperaba, nadie hablaba de desapariciones sino tan solo de las muertes. Ba’al observó la negra nave, la superficie metálica no refulgía al sol y parecía estar pintada con carbón. En la proa del navío había unas letras grabadas, apenas legibles, Ba’al leyó. Las letras formaban el nombre “Caronte”. Mientras corría, uno de los pequeños objetos se acercó a Ba’al y, lanzándole un cable metálico que se clavó en su hombro derecho, lo izaron hacia el interior de la Caronte. En ese momento perdió el sentido.

Tras lo que le parecieron horas, el muchacho despertó en una fría y oscura habitación. Desorientado, notó la herida en su hombro, se la habían limpiado, curado y vendado. Observó a su alrededor, la habitación estaba vacía y la puerta abierta. Se puso en pie como pudo, aún estaba algo débil y mareado por la pérdida de sangre, caminó hacia la puerta y salió, recorrió los pasillos durante eternos minutos. Mientras caminaba, vio luz que salía de una puerta abierta, se acerco y miró dentro. Lo que vio le puso los pelos de punta. Dentro había un laboratorio, unos tanques de cristal dominaban la sala, en su interior flotaban personas, personas vivas con aspecto inhumano. “¿Qué van a hacerme?” se preguntaba una y otra vez el joven Ba’al. De pronto escucho una suave risa a su espalda, se giro y lo vio. El Barquero estaba delante de él, riéndose y observándole. La figura susurró, pero debido al silencio que reinaba en la sala, pudo escucharlo sin ningún problema “Sólo los fuertes vivirán” En ese instante, un leve pinchazo en su nuca alertó al muchacho, pero antes de que pudiera darse la vuelta, estaba inconsciente.

Varías horas más tarde, Ba’al flotaba en uno de los tanques de cristal, al pie del mismo una etiqueta rezaba “Experimento 4811. Soldado mejorado. Nombre en clave: Metahumano”.

Unos tanques de cristal dominaban la sala, en su interior flotaban personas, personas vivas con aspecto inhumano…

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s