Ifrit

El calor de la antorcha acaricia su rostro y, conforme avanza, lo reconforta del apremiante frío que emana de las paredes. Los corredores de piedra se suceden uno tras otro, y cada vez se hace más y más patente la inclinación del suelo. Tras al menos tres horas de camino, el hombre se detiene a tomar un respiro.  Es un hombre de mediana edad como otro cualquiera, el cabello desordenado, sucio y encanecido, de tez tostada, complexión delgada, y rostro poco expresivo. Va sin afeitar, con la ropa llena del polvo del camino, y lleva unas gafas que le dan un aire intelectual. Era la época más fría del año, de modo que iba cubierto por su capa de viaje, bastante gruesa, y de color gris oscuro. Se trata del profesor Alberich Galder, y emprendió este viaje hace ya varios días con la idea de encontrar un antiguo templo. El estudioso, encontró unos manuscritos entre las ruinas de una biblioteca, destruida muchos siglos antes. Estos, lo conducían hasta la entrada de una cueva al pie de la montaña Ulriken, por donde había entrado varias horas antes. El profesor se acomoda contra la fría pared de piedra, exhausto. Abre su petate, extrae algunos alimentos, su cantimplora, y come disfrutando cada bocado. Varios minutos más tarde, el profesor cae sumido en un profundo sueño. Al despertar, Galder no sabe decir si es de día o de noche, está envuelto por un espeso manto de oscuridad. A tientas, coge el pedernal y un cuchillo a modo de eslabón, y enciende la antorcha. Decide seguir camino, pues  parece que aún le faltan varias horas para llegar a alguna parte.

Tras varios descansos para comer, otros tantos para recuperar el aliento y varias horas de caminata, llega a una especie de arco tallado en la piedra y símbolos grabados. Reconoce los símbolos y lee: “El sino guardado para aquellos, descubridores del Error de los hombres, será…”. Dos cosas llaman la atención del estudioso, el símbolo para la palabra “Error” aparece destacado, y el final de la inscripción está ilegible. Mientras camina no es capaz de dejar de pensar en el símbolo destacado en la inscripción. “¿Qué significará?” se pregunta, sin hallar respuesta. Observa las imágenes grabadas en la piedra mientras recorre los pasillos, la mayoría están demasiado deteriorados y otros tantos no tienen mayor sentido para él. Un grupo de personas en círculo, orando a una especie de dios del fuego, el dios bendiciéndolos con su luz, etc. El corredor se abre al final hacia una enorme sala adornada con estatuas y al fondo de la sala, una enorme puerta de madera con remaches de hierro forjado. Los tablones que forman la puerta, tienen símbolos grabados y los remaches metálicos, runas totalmente desconocidas para el profesor. Acerca la antorcha hacia los símbolos y lee: “El que ose atravesar las puertas, deberá someter su existencia al bautismo de fuego y probar su pureza”. Alberich, escéptico ante las supersticiones de los constructores del templo, empuja el pesado portón hasta abrir una de sus hojas. La oscuridad era total. Con cierto recelo, atraviesa el umbral, adentrándose en las sombras. La luz de la antorcha parece abrirse camino con dificultad a través del espeso manto de oscuridad. Al quinto paso, escucha un fuerte ruido y un fuerte golpe de viento apaga la antorcha. El profesor comienza a sentir miedo, la puerta está cerrada y la oscuridad le rodea.

“…para después volver a cambiar, esta vez a una forma humanoide.”

Una gutural risa se extiende por la sala. Alberich tiene los ojos como platos, y su rostro comienza a palidecer del pánico. De pronto, una llama se enciende al otro lado de la habitación. Como el fuego fatuo, flota a pocos centímetros del suelo y parece bailar de un lado a otro. Con luz cegadora, la llama se extiende hasta prender todas y cada una de las antorchas de la sala. Galder no da crédito a lo que ven sus ojos, donde antes se encontrase la llama, ahora descansaba una enorme criatura, demasiado parecida a un dragón como para no llamarla por ese nombre. El dragón mira con ojos penetrantes al hombre, y éste cae de rodillas al suelo, vencido por el miedo. Otra vez la espeluznante risa, esta vez parece provenir de la criatura. “Hola, Alberich, te estábamos esperando” dice con voz áspera y grave. “¿Q-que eres?” pregunta el profesor con un marcado tartamudeo producido por el miedo. La risa vuelve a resonar, parece surgida del mismo infierno y produce en el hombre una sensación de pánico, peor que la que le produce su aspecto. De pronto, el dragón se convierte en una enorme bola de fuego durante un segundo, para después, volver a cambiar, esta vez a una forma humanoide. “Los humanos, ignorantes, nos denominan dragón” dice con voz melodiosa, teñida de desprecio, pero demasiado alta para el oído humano. El profesor se retuerce de dolor mientras la criatura habla. “Los brujos, débiles, que esclavizan criaturas de gran poder con técnicas crueles, nos llaman Ifrit” Aquí, la potente voz de la criatura muestra un destello de odio. “Pero nuestro verdadero nombre es otro”.  Alberich se siente confuso, no entiende qué está sucediendo en aquel templo, ni qué es aquella extraña y terrorífica criatura. “¿Vas-vas a matarme?”. De nuevo aquella temible risa. “¿Sabes? Llevamos muchos siglos aquí encerrados. Los hijos de la luna nos invocaron, y los consumimos. Desde entonces hemos estado consumiendo a todos y cada uno de los ignorantes humanos que han osado bajar aquí, ignorando las advertencias de los brujos” Los hijos de la luna, el profesor está seguro de haber leído algo sobre ellos. Era una antigua orden de brujos, de pocos miembros, que obtenían su poder de la luna. Se les atribuía un gran poder, aunque Galder nunca lo creyó debido a su reducido número. “¿Po-por qué t-te invocaron?”. La criatura ríe cadenciosamente. “Los jóvenes nos invocaron. Querían crear fuego fatuo”. Volvió a reír. “Pero nos trajeron a nosotros. Y consumimos su existencia. No solo su vida, no, consumimos lo que fueron y lo que serían. Ahora, nuestra pregunta es ¿nos soltarías? Si lo haces, prometemos no consumirte con nuestro fuego”  Alberich estaba paralizado por el pánico.”¿Qué he de hacer?” Cuan poderoso sentimiento es el miedo para obligar a un hombre a hacer algo que cada fibra de su ser lucha por no hacer. La criatura estira uno de sus negros y huesudos dedos en dirección al borde de un extraño círculo que lo rodea. “destruye el sello y seremos libres” pronuncia con voz sibilante. Como hipnotizado, Alberich camina hasta donde señala la criatura y con su navaja, atraviesa transversalmente el borde del sello.

De pronto, la criatura comienza a gritar de júbilo. Con pasos temblorosos, pero a una asombrosa velocidad, el Ifrit recorre la distancia que lo separa del profesor y lo coge por el cuello. La expresión de terror se hace aun más patente en el rostro de Alberich. “Dijiste que no me matarías” dice el profesor, con sus últimas esperanzas puestas en la promesa de la criatura. La criatura se ríe a un volumen ensordecedor. “Mentí” dice, simplemente, antes de consumir en fuego la completa existencia de Alberich. La criatura se desvanece en una llamarada de fuego sin humo. Justo encima de la puerta, tallado en la piedra, puede verse escrito en el idioma mágico de los hijos de la luna, una inscripción que reza así: “Esta es la prisión de Iblís, El Mentiroso, el primero de todos”.

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