The Eye

La habitación permanece en penumbra, iluminada solamente por la tenue luz que entra por la ventana, procedente de una farola al otro lado de la calle Magnolia. Una figura se dibuja a duras penas encima de la cama. Castiel Leblanc permanece una noche más en vela, observando las manchas de humedad que afean el ya de por si horrible papel pintado. Por más que lo intenta, no puede quitarse aquellas horribles imágenes de la cabeza, la sangre, los pedazos de carne que hasta tan solo unas horas antes había sido su mujer, etc. Rememora una y otra vez aquel día, torturándose por no haber hecho nada para evitarlo. En el silencio de la habitación, solo interrumpido por el sonido de una lejana sirena de policía, Castiel se sume en sus recuerdos para rememorar, una vez más, aquellos horribles momentos.

La mañana comenzaba tranquila, como cualquier otra. El despertador sonó y Castiel, algo adormilado, observaba la pantalla intentando descifrar los números rojos sobre fondo negro. Las cinco de la mañana. Aun que aun muy temprano, ya era el momento de comenzar a prepararse para ir al trabajo.  Castiel se giró para darle un cariñoso beso de buenos días a su esposa. “Buenos días, preciosa. ¿Quieres un café?” a lo que ella le respondió con una sonrisa y un asentimiento, antes de volver a sumirse en sus sueños.  Aun un tanto perezoso, Cass se levantó para meterse en la ducha. Veinte minutos más tarde, estaba saliendo por la puerta en dirección a su trabajo en el periódico local.

Otra vez lo mismo. Por más que lo intentaba, no conseguía recordar nada más hasta estar sentado en su coche, en dirección a su casa ese mismo día. Recordaba el terrible tráfico, las luces de la ciudad iluminando el anaranjado cielo nocturno, el trayecto de siempre, etc.

Cuando llegó a casa, no se esperaba lo que estaba a punto de pasar. Sacó las llaves y abrió. No había luz en ninguna parte de la casa, a excepción del dormitorio, le resultó algo extraño pero buscó una absurda explicación que le resultase lógica en ese momento. Fue a la cocina, cogió una cerveza y subió al dormitorio. Justo antes de entrar, se percató del olor. El nauseabundo olor de la muerte suspendido en el cargado ambiente. El aire caliente que recorría esos días de verano el barrio de Inglewood y la humedad, la maldita humedad, habían hecho que lo que se encontraba al otro de la puerta comenzara a desprender el insoportable olor a putrefacción.  Su corazón comenzó a latir a una velocidad alarmante; estaba preocupado pero, al mismo tiempo, paralizado por lo que pudiese encontrar. En un acto de valentía, se decidió a abrir la puerta y a cruzar el umbral, dispuesto a saber. No daba crédito a lo que veia. El suelo de la habitación desprendía el brillo carmesí de la sangre y, sobre la cama, descansaba lo que solía ser el cuerpo de su esposa, descuartizado y vuelto a montar como si de un macabro puzle se tratase. Pero una cosa llamó su atención, no tenia ojos. El responsable le había quitado los ojos a su esposa y se los había llevado. De pronto, Castiel pierde el conocimiento y cae de bruces sobre el suelo encharcado con la sangre de su amante.

El suelo de la habitación desprendía el brillo carmesí de la sangre…

Un par de horas más tarde, despertó de su desvanecimiento y notó el amargo sabor a vomito mezclado con el sabor metálico de la sangre. Intentó levantarse pero volvió a caer; no recordaba nada, pero en ese momento, se dio cuenta de que estaba tirado sobre varios litros de sangre a medio coagular. Como pudo, se tambaleó hasta el teléfono y llamó a la policía.

Después de eso todo estaba confuso, le interrogaron, investigaron su coartada y al final la policía decidió que no había sido el culpable. Castiel, destrozado, se mudo a una modesta casa en la calle Magnolia. Un par de semanas después del asesinato de su esposa, Cass leyó en el periódico que había ocurrido de nuevo. Una joven, había sido asesinada siguiendo el mismo modus operandi  que con su querida Mónica. El periódico había llamado al asesino “The eye”. Eso trastocó su mundo por segunda vez, se pregunto cómo era posible que hubiese vuelto a ocurrir algo tan horrible y a tan solo un par de manzanas de su antigua casa. Poco a poco, comenzó a recolectar información. Por un antiguo contacto en la policía, supo que el FBI se estaba haciendo cargo y que no habían encontrado sospechosos. El trofeo del asesino era sin duda los ojos de sus víctimas.

Han muerto ya cuatro jóvenes después de Mónica y aun ni se ha acercado al asesino. Castiel se levanta de la cama y se enciende un cigarrillo que sujeta con su mano derecha. Camina hacia la pared que queda frente a los pies de la cama y observa su mural a través de la penumbra que cubre la habitación. Cada vez que le da una calada al cigarro se iluminan levemente los artículos de periódico y las fotografías de las víctimas. Lo único que ha sacado en claro durante las últimas seis semanas era que todas las victimas vivían en un radio de unos 15 km alrededor de donde solía vivir la primera víctima y que, el asesino, mataba cada semana. No sabe la razón, pero tiene el presentimiento de que si no lo atrapa antes del siguiente asesinato, nunca lo atrapará. Permanece sumido en sus pensamientos hasta que alguien llama a su puerta.  Es Elizabeth, su contacto en la policía, que había estado dándole información. Se habían hecho buenos amigos durante las últimas semanas, mientras Castiel investigaba la muerte de su esposa. La deja entrar. Elizabeth le gustaba porque se parecía mucho a su amada Mónica, llevaban investigando juntos las últimas seis semanas y ella creía haber encontrado algo relevante por fin. En el cuerpo de la última víctima, más concretamente en la cuenca del ojo izquierdo, habían encontrado una nota con una cifra numérica. Tanto la policía como el FBI habían llegado a un callejón sin salida con la nota, pero Liz no se había dado por vencida, de modo que quería seguir trabajando en ella con Castiel. Le enseña el informe y él le echa un vistazo. Al principio no ve nada nuevo en la nota pero luego, algo le viene a la mente. Coge el ordenador e introduce los números en un buscador, separándolos en cifras más cortas. Solo aparece un resultado, una dirección de un piso de apartamentos en Hazel St. Si Elizabeth no entiende cómo lo ha hecho Castiel, él no logra explicárselo a sí mismo.

Horas más tarde llegan a un deteriorado edificio de apartamentos en la esquina de Hazel St con Exton Ave. Las últimas dos cifras de los números correspondían al piso y a la puerta del apartamento. Liz desenfunda su arma reglamentaria, una Glock  9mm y, ante la sorpresa de la policía, Castiel saca también la suya, un Colt del calibre 45. Cuando están frente a la puerta del apartamento, llaman con recelo. Al no recibir respuesta, Elizabeth se prepara para echarla abajo, pero antes de que pudiese hacerlo, Castiel se había agachado y había sacado una llave de debajo del felpudo. Ambos se sorprenden de que todavía alguien siga haciendo eso. Con calma, aunque alerta, Castiel se dispone a introducir la llave en la cerradura y, una vez abierta la puerta, se adentran en el apartamento.

El ambiente está muy cargado, el aire lleno de polvo y las ventanas cerradas, la oscuridad lo domina todo. Castiel enciende una luz y comienza a pasear por el apartamento. Había pilas de papeles por doquier, platos con restos de comida llenos de insectos, la cama sin hacer, fotografías de personas, etc. En lo que parece ser una especie de despacho, ve algo que le llama la atención. Una pila de dosieres descansa sobre el escritorio, se acerca a este, dando la espalda a la puerta, y coge uno de los dosieres. En éste hay algo escrito que lo deja sin aliento. Está tan confuso que a punto está de perder el equilibrio y caer. De pronto siente cómo alguien apoya algo sobre su nuca; es Elizabeth, apuntándole con su arma. Castiel deja caer los papeles al suelo y levanta las manos.

Segundos antes, Elizabeth había encontrado todo tipo de documentación legal con la información de Castiel pero con la fotografía de otra persona, incluso había encontrado fotografías con la primera de las víctimas; había cientos de ellas. Inmediatamente desenfunda su arma y se dirige hacia el despacho. Sin más preámbulos apunta el cañón de su Glock contra la cabeza del hombre que está frente a ella. Sin dejar de apuntarle, le insta a decirle quién era realmente. Con cada pregunta, aprieta un poco más la pistola contra el cráneo de su interlocutor. Él se comporta como si no supiese de qué le hablaba la policía pero, en un momento dado, éste cambia de actitud radicalmente. Inclinando la cabeza hacia delante, comienza a emitir una melodiosa a la par que espeluznante risa. Demasiado rápido cómo para hacer nada, el hombre se da la vuelta y le hace un corte en la mano a Liz, haciendo que ésta suelte la pistola. La chica retrocede, pero Castiel la coge del cuello y la inmoviliza contra la pared. La policía siente cómo lame su cara y siente nauseas. De un golpe, el que había sido su amigo, la deja inconsciente.

Un par de horas más tarde, Elizabeth despierta atada a una cama. Como puede, mira a su alrededor, sin duda es el apartamento en el que se había estado alojando Castiel. De entre las sombras, ve aparecer una figura. Ésta sujeta un bisturí del número 12, y va ataviado con guantes de látex y una bata de quirófano. El siniestro cirujano se aproxima hasta la cama y, con una sonrisa macabra, le dice al oído “Esto se acabó, tu morirás y culparán a tu amigo Castiel. Fue divertido jugar con vosotros” Su voz suena cantarina, casi como la de un niño. Se sube a horcajadas sobre ella y vuelve a lamerle el rostro mientras sonríe con orgullo. Un solo movimiento de su brazo izquierdo, y la garganta de la última víctima, queda dividida en dos mientras su preciado y carmesí líquido vital se derrama sobre su cuerpo hasta llegar a las sabanas.

Como si se repitiese la misma pesadilla por segunda vez, Castiel despierta empapado y con el sabor de la sangre en su boca, mira hacia la cama y ve el cadáver de su amiga despedazado. Camina hacia el baño con paso inseguro y se mira al espejo. No sabe lo que está pasando, Elizabeth está muerta, ha vuelto a su apartamento, la espeluznante información del dosier, etc. Una intensa punzada atenaza sus pensamientos y, de pronto, un torrente de imágenes llega a su cabeza. Un bisturí, muchísima sangre, un cuchillo de carnicero, decenas de víctimas y cientos de herramientas distintas; de un puñetazo, hace añicos su reflejo sobre el espejo del cuarto de baño. De pronto todo está claro. Sonríe.

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